Cartas de Amor y Desamor

 

Cuadro Monarcas - Deyanira - México - Mujeres con Sombrer

 

LAS CARTAS QUE NUNCA LLEGARON O EL FALSO VISITADOR

Pedro Ángel Palou

Los embaucadores que presenta – en otro contexto – Jacinto Benavente en “Los intereses cerrados”, no fueron ajenos a nuestra vida colonial.; los archivos poseen documentos que relatan varios sucesos de esta índole. Dos, en especial, tienen que ver directamente con Puebla. Son los casos del Lic. Vena (1550) y de Don Antonio de Benavides, “El tapado”, en 1683. Ambos fueron apresados en Puebla, cuando huían, al ver sus empresas fracasadas y su vida en peligro; los dos fueron castigados y en el caso de Benavides su cabeza fue enviada para ser colgada en nuestra cuidad. En la iglesia de la Compañía aún puede verse una placa que da fe del hecho. Sendas historias les dedica Payno en su Libro Rojo (editado junto con Vicente Riva Palacio para resumir la vida en México).

Pero mejor vayamos por partes. En 1550 se esperaba a un “visitador” que arribó a la Nueva España, vía Veracruz, en un barco llamado la Covadonga. Este supuesto visitador llegaría con amplios poderes y cartas de presentación escritas por el rey. Desde su llegada a nuestras tierras el Lic. Vena y su mujer, Doña Beatriz, recibieron honores, presentes y grandes atenciones. Sin embargo esta supuesta esposas era en realidad una mujer casada que escapaba de su verdadero marido. El Ayuntamiento lo agasajó con un azafate de plata y los pobladores ricos de Veracruz con banquetes, joyas y ropas. Un correo ya había avisado en México que el Lic. Vena, visitador de México, se encaminaba a la capital con cartas del rey y provisiones amplias sobre el virreinato de don Antonio de Mendoza. Los oidores fueron a recibirlo y la Audiencia esta vez fue la que para ganarse la confianza y protección del visitador, lo obsequió con los más variados regalos.

Al llegar a la capital el Lic. Vena se disculpó por no traer consigo las cartas del Rey ya que el nuevo virrey, Velasco, estaba por llegar y personalmente las traía. Recibió encomenderos, oyó disputas en los estrados de la audiencia y vivó como un rey (no otra cosa era el visitador que poseía, diríamos ahora, el plenipotencario).

Sin embargo el virrey don Luis Velasco llegó ciertamente sin carta alguna y sin conocer si quiera al impostor. Fue el gobernador de Cholula, don Gonzalo de Vetanzos, quien apresó al Lic. Vena y a Beatriz, su falsa esposa. Nuestro personaje fue condenado a diez años de galeras y a recibir públicamente cuatrocientos azotes. Payno nos refiere que años después la gente contaba que a las doce de la noche se aparecía doña Beatriz por las calles dando alaridos dolorosos que “partían el corazón”.

Similar es la historia de Benavides, el falso oidor, un siglo después. En medio de la invasión pirata en Veracruz a manos de Lorencillo y Tampico por Darien y Juan Chaquez. El veintiuno de mayo de 1683 el Virrey, alarmado, publicó un bando solicitando que todos los hombres entre los quince y los sesenta años de edad se alistaran al combate. Esa agitación permitió un nuevo embuste, a manos de Benavides.

En Puebla, cuando Lorencillio y los piratas se retiraban de Veracruz después de saquearlo, la audiencia ordenó apresar a Antonio de Benavides, cuyas cartas sí llegaron, pero eran falsas; la gente comenzó a llamarle “El tapado” y el 4 de julio la multitud de la capital pudo verlo. Pese a las torturas este oidor nunca quiso referir la causa de su llegada a la Nueva España. El virrey vigesimoctavo, Tomás Antonio Manríquez de la Serna lo entrevistó personalmente y nunca se hizo público el contenido de sus cartas, pero poco antes de un año nuestro oidor era castigado con la pena de muerte y su cabeza, como ya referí, puesta al aire como escarmiento, en Puebla, a la vez que sus manos eran también mostradas al escenario público y a los aires de julio en la capital de la Nueva España. Para Payno esta historia es más misteriosa que la anterior y muchas lagunas nos impiden, aún hoy esclarecerla.

Las cartas también mienten o nunca llegan. Este es, sin duda, un antiepistolario. Sus historias – formadas con palabras – nos permiten entender otra cara – distinta, pero no completamente nueva – de nuestro rostro. Como diría Joao Ubaldo Ribeiro, un gran novelista brasileño: el secreto de la verdad reside en que no existen hechos, sólo existen historias.

BIBLIOGRAFÍA: Tierra Adentro. Julio - Agosto de 1992. Número 60

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