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Conocer a alguien


El Hombre y su Recuerdo

Un hombre va de regreso a su oficina cruzando uno de los ejes viales, de una de las ciudades más grande del mundo. La capital de su entrañable México, una llovizna ligera lleva descendiendo de un cielo nublado empañado de una gris melancolía. Al detenerse en la parada de autobús mira a la gente cubriéndose con sus paraguas de diversos colores, él solo lleva una chamarra negra que se humedece por las diminutas gotas que caen, una tras otra que marcan el presente de su existencia.

Al abordar el microbús observa por unos minutos el asfalto, y esas líneas blancas que dividen los carriles, el chofer un joven apuesto escucha música romántica en ingles, a pesar de estar rodeado de toda esa gente, sus pensamientos se encuentran en otro lugar, así como lo realizan los seres humanos a cada segundo. En ese instante decide como su un impulso se lo ordenará bajar en la calle donde vive una de sus amigas más queridas.

No le importa caminar unas cuadras acompañado de ese clima, que llama a diferentes emociones en el fondo de su corazón. Enciende un cigarro, mientras ve a unos perros callejeros empapados corriendo a buscar un sitio donde arroparse del viento frío, que toca su rostro, después de unos minutos arriba a una puerta de aluminio negra, busca el timbre al encontrarlo lo oprime en dos ocasiones, un sonido melódico surge de aquel aparato inventado por el hombre. Espera unos segundos antes de que se abra la puerta, la servidumbre lo recibí con singular educación y le comenta mientras lo pasa al recibidor de la casa: En un momento le aviso a la Señora, gusta un café, un refresco, un vaso con agua natural. Él asienta con la cabeza un no y se acomoda en una silla desde donde puede ver a través del cristal de la ventana, la fuente ubicada en el jardín, el césped humedecido a tomado un color verde intenso, como el color de los ojos de su amiga.

¿Cuantos años han pasado de su ultimo encuentro?, quizá unos diez le contesta su memoria al viajar a ese pasado compartido, al voltear hacia la sala, una chimenea husmeando bellamente le da calor a toda la habitación, se levanta a mirar las llamas que van consumiendo los troncos de madera y a su alrededor caen pequeñas partículas rojas, que al momento de sentir el aire se convierten en pequeñas cenizas. Se aproxima a un pequeña cantina que se ubica en la esquina del lugar, la caoba con la que se fabrico desprende inmediatamente ese aroma que solo la madera fina es capaz de desprender en el ambiente, se sirve una copa de whisky en las rocas, y sin darse cuenta un cuadro de una bella mujer a vigilado cada uno de sus movimientos, y por que no decirlo de sus respiraciones, al darle el primer sorbo a su bebida, siente una deliciosa raspada en su garganta. De pronto una voz suave y delicada lo llama por su nombre.

Daniel, es un sitio acogedor sigue como en los viejos tiempos, no has cambiado en nada, eres como los buenos vinos, entre más añejado, deleitas más el gusto por verte.

Él se quedo callado un instante, observando la figura de esa mujer de ojos verdes, como una tarde que se va diluyendo en las aguas del mar. El vestido azul turquesa con un escote discreto que apenas dejaba mostrar el inició de sus senos, y su hechura delineaba con una sutileza las curvas de su cuerpo, que proyectaba una sensualidad acariciando la llegada de la noche. Se aproximo despacio, no queriendo romper ese lenguaje silencioso donde solo se expresan los deseos de la entrega y la pasión.

Le beso la frente suavemente, ella cerro sus ojos por un segundo, suficiente para llamar a la eternidad a hacer acto de presencia, al abrirlos se miraron fijamente como queriendo reconocer la fragancia de sus seres, que tantas noches de amor se perdieron en el deseo del alma y sus múltiples pasiones. No cabe duda que el tiempo guarda en cada piel la textura de las caricias inventadas por la sexualidad y sin saberlo en el reencuentro vuelven a pedir ser, y realizarse más allá de todo lo que un ser humano desea tener.

Se sentaron frente a la chimenea a consumir sus copas, la textura de la alfombra los hizo acercarse aún más, se tomaron de las manos, y conversaron de ellos, de su intimidad, de lo único que les pertenecía un amor inacabado, dejado en el espacio del tiempo y la distancia, navegando en un instante de vida, sin un ser que llenará ese vació tantas veces triste y doloroso donde el corazón no tiene dueño.

Así pasaron las horas, los minutos y los segundos de ese tiempo de volver a mirarse el alma, se acostaron en el piso, ella recargada en su pecho pensativa inmóvil, disfrutando el estar cerca de él, oír el latido de su corazón y cada una de sus respiraciones, mientras Daniel solo la abrazo y cerrando los ojos viajo hacia su imaginación. La noche vigilo su encuentro acompañada por su oscuridad, dejando al amanecer el privilegió de contemplar la belleza de dos seres que no necesitaron nada más que un acercamiento para saber que se amaban a pesar del tiempo y la distancia.

El fuego con unas llamas a punto de apagarse, ilumino sus cuerpos toda la vigilia respetando su intimidad y llevándose con sus cenizas la belleza de aquel reencuentro.

Aquel hombre medito tratando de hallar la esencia de ese momento, no había preguntas que formular, simplemente fue una intuición del corazón, que lo llevo acompañado de esa tarde lluviosa y melancólica a buscar un recuerdo que ya pertenecía a otro tiempo y no por eso dejo de perder su intensidad.

Ricardo Garfias Lara

Juglares - Señores de la Plegaria Erótica