Juglar: Fernando Acevedo
Cuento de Amor "Angélica"

 
Pasaba los días lamentándome de lo que no pude haber hecho en vida... porque uno podía recordar los sucesos terrenales, podía sufrir por aquellos a quienes había amado, podía arrepentirse de haber odiado, podía "vivir" no sólo de felicidad, sino de recuerdos... tristes o gozosos..... - Fotografía: Medina del Campo - España enero 2002 (YK® para Juglares) -

Pasaba los días lamentándome de lo que no pude haber hecho en vida... porque uno podía recordar los sucesos terrenales, podía sufrir por aquellos a quienes había amado, podía arrepentirse de haber odiado, podía "vivir" no sólo de felicidad, sino de recuerdos... tristes o gozosos.

Lo mejor de todo es que uno podía enamorarse, aunque nos recomendaron evitarlo.

El dolor de la pérdida posible, ¿saben?

Yo me enamoré de Angélica.

Es curioso que su nombre fuera ese, pero les puedo jurar que era justo el nombre que le correspondía.

Caí en el más profundo de los amores, y ella correspondió como si nos conociéramos de mucho tiempo.

Su cabello siempre tenía la apariencia de una ola rompiendo suavemente en la costa, y a veces podía ver, en sus reflejos, la espuma del mar. Al tacto, la energía de eones pasaba suavemente por mis dedos y me llenaba de cierta estática que me hacía brillar de noche..........Su cabello siempre tenía la apariencia de una ola rompiendo suavemente en la costa, y a veces podía ver, en sus reflejos, la espuma del mar. Al tacto, la energía de eones pasaba suavemente por mis dedos y me llenaba de cierta estática que me hacía brillar de noche. Su color cambiaba con los matices de la mañana, con la intensidad del medio día, con los tonos del atardecer, y podía verlo en la más cerrada noche.

En su mirada existían todas las miradas que me habían acompañado durante mi vida, todos los colores... y por ello parecía llena de contradicciones. Sin embargo, predominaban la inquietud y la serenidad, la profundidad y la sencillez. Si alguna vez alguna lágrima hería su piel, sus ojos me mostraban no tristeza ni dolor, sino sólo añoranza.

Angélica había sido madre, y eso me hizo amarla más, pues me recordaba a mi propia madre. Yo la ayudaba a mantener la ilusión y ella, simplemente, dibujaba una pequeña sonrisa, breve pero suficiente para hacerme saber que estaba conforme, que le gustaba cómo le secaba las lágrimas, y me confesó llorar alguna vez tan sólo por el placer de sacar mi ternura a dar un paseo, y sentir el roce de mis dedos borrando de sus mejillas todo rastro de lo que yo creía dolor. 

Muchas veces jugó a llorar y nunca se lo recriminé. Me fascinaba consolarla y que ella me permitiera hacerlo.

Sus manos sabían entonces hablar de amor, tocando mi alma, estremeciéndola. Eran suaves al tacto, y parecían tomar la forma que yo deseara experimentar de mis recuerdos: finas y delgadas, grandes pero delicadas... incluso alguna vez me regaló el tacto de una piel algo cansada pero tersa, que disfruté intensamente por los recuerdos de anhelos perdidos por la edad, por las soledades, por el remordimiento, por el desamor refugiado y no realizado.

Sí, esos recuerdos eran tristes para mi, pero en sus manos los revivía y podía hacer eternos esos momentos que ella, siempre con ternura y regocijo, me regalaba. Ella era, pués, todas las mujeres.

Con ella, los "tempranos" dejaron de tener significado o sentido alguno, pues lograba robarme el dormir en una noche plena de amor, y también despertarme sin arrebatarme un sueño.

Su voz podía ser la voz del universo. Era el yo interno... era el contacto conmigo mismo.

Su silencio, en su presencia, podía ser un oasis. En su ausencia, su recuerdo era volver a morir, anhelar y añorar... desear su regreso. Ella lo sabía, y siempre volvía a mi en el momento en que más la necesitaba.

Si... siempre estaba, siempre amaba, siempre sabía qué decir, qué susurrar, qué puntualizar. Angélica nunca me dañó, y me hacía ser cada vez mejor.

El último recuerdo que tengo de ella, fue el de una noche en que fui suavemente apartado de sus brazos, mientras dormíamos. Yo soñaba con agua, con vida.

Sólo escuché un último "encuéntrame y ámame", al tiempo que sentía cómo, súbitamente, me abría paso por un túnel estrecho hacia una luz cegadora, era recibido en las amorosas manos de mi madre, y rompía en llanto.


Para tí, Angélica, dondequiera que estés
24 de julio de 1997. México.

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