La versión de un Lado
Arturo Zuñiga

Si hay un rasgo a través de la historia de la humanidad que se repite una y otra vez, sin importar la época, ni el lugar del que se hable. Es que en tiempos de guerra es siempre el pueblo el que se lleva la peor parte. Es siempre la gente inocente, el ciudadano común y corriente quien termina pagando los platos rotos por los errores que cometen sus gobernantes.

El ciudadano común y corriente lo sabe, pues entiende que ése es el precio a pagar por su libertad, por más contradictorio que esto suene. Sin embargo todo lo que el ciudadano común se lleva a casa, saldadas las cuentas, es la esperanza de que algún día todo será mejor, la fe en que los que están arriba hacen lo correcto, y el dolor de no poder recuperar nunca lo perdido.

Así como un manojo de ideales abstractos que le son enseñados desde que es niño, día con día, y a través de los cuales se supone debe trazar una línea entre los que es correcto y lo que no es correcto. Entre el bien y el mal.

Cuando en los años 80' acá en la capital del Perú, se oia hablar de actos terroristas, nos dolía por lo que le ocurría a nuestros hermanos del campo, pero nos sentíamos seguros y no pensábamos que algo malo nos fuera a ocurrir a nosotros los limeños, simplemente porque pensábamos que no teníamos nada que ver con el problema. En nuestro miedo cerrábamos los ojos, odiábamos a los terroristas y dejábamos al gobierno hacer con tal de que el terror quedara lejos y que se quedara por allá. El problema era del "otro", no era de "uno".

En aquella época yo era un adolescente que empezaba a ir a fiestas, a salir con chicas, a emborracharme y que finalmente trataba de no ver mucho los periódicos. Entonces ocurrió lo de Uchuraccay y apenas empezamos a darnos cuenta de la magnitud del asunto. Años después con Alan Garcia en el poder, después de un efímero período de prosperidad, que no tardaría el tiempo en cobrarnos con altísimos intereses, las cosas no cambiaron mucho. De pronto se empezó a asesinar a un dirigente por aquí, un político por allá, pero aún "nosotros" no nos sentiamos verdaderamente amenazados. Poco a poco nos fuimos acostumbrando a los apagones de Año Nuevo, a dormir en la casa de nuestros amigos por el toque de queda, bebíamos más, porque el precio de la cerveza había bajado, y mientras el gobierno incapaz de conciliar nos decía que no había nada que temer.

El miedo es la característica más saltante de aquella época, abandonar una sala de cine, un salón de clase, una oficina por miedo a alguna bomba se hizo parte de nuestra rutina diaria. Tanto que nos llegamos a insensibilizar con lo que podría estar pasando dentro del país. Llegó un punto lo recuerdo bien en que al despedirme de mi familia para salir a la calle, no sabía si los volvería a ver o no. Era francamente terrible.

Visto así nadie podría culparnos por haber aplaudido a Fujimori cuando disolvió el Congreso en el año 1992 y dio un autogolpe apenas a dos años de haber asumido el poder. Poco después ocurriría el terrible atentado de la calle Tarata en Miraflores, en pleno centro de Lima.

Para ese entonces ya nadie cuestionaría su poder, o sus decisiones, al menos nadie que no fuera entonces considerado un traidor a la Patria. Fujimori y Vladimiro Montesinos se instalaron en el gobierno con más fuerza que nunca y poco tiempo después eran erigidos como los máximos pacificadores del Perú. Los que nos habían librado del desaste.

Si las guerras se dieran solamente entre los soldados preparados para luchar y los políticos que las deciden, entonces talvez éstas serian más justas.

Pero sabemos que no es así. Y sabemos también que llegado un punto los ideales abstractos quedan completamente de lado y el ciudadano común no se vuelve entonces más que un pequeño punto invisible atrapado en medio del eterno juego: MIEDO, DINERO Y ARMAS.

Hoy que Fujimori está fugado del país, Vladimiro Montesinos se encuentra recluído en un penal de máxima seguridad, y que La Comisión de la Verdad, nos abre los ojos con respecto a lo que realmente ocurría en todo el país, al amparo de este poder excepcional y en nombre de la libertad, ¿Acaso no tratamos de convencernos, de que esos "excesos", no fueron sino males necesarios sin los cuales hubiese sido imposible conseguir la paz de la que hoy aparentemente gozamos?, ¿Acaso no habremos cometido el error de inyectar más odio en esta espiral que no tiene cuando acabar, sin habernos hecho nunca las preguntas que debimos hacernos desde el comienzo?

Mientras tanto las bajas se dan y la muerte se engorda, sin importar de qué lado vengan las balas. Los buenos acá son los malos allá, y los malos allá son los buenos acá. La ecuacion es siempre la misma y no lo vemos: la violencia sólo engendra más violencia y los únicos que siempre pierden son los que están en el medio.

Al sur de nuestro país, menos lejos de lo que pensamos, el día de hoy se conmemora un año más del sangriento derrocamiento de Salvador Allende en Chile, un gobernante democráticamente elegido y que fue sacado del poder por Agusto Pinochet, quien a su vez hoy vive su vejez a salto de mata, después de haber sido considerado durante mucho tiempo el salvador y el verdadero artífice del despegue económico de su país, Chile. Aquel golpe- ocurrido en 1973- fue apoyado por los EEUU temiendo que una marejada comunista se desatara por todo el continente. Pero no fue apoyado -hagámosle honor a la verdad- por el pueblo americano -quien hoy sufre la consecuencia talvez no de Chile, ni de Vietnam, ni de Hiroshima, ni otros tantos de sus fantasmas, pero si de la Guerra del Golfo, del ataque a Afganistán y de su permanente intromisión en la política de los gobiernos árabes, aunque no lo quieran ver- más bien por su gobierno, más bien por su central de inteligencia.

Esa misma inteligencia que el día de ayer armara al grupo Al Qaeda para combatir a los rusos al final de la guerra fría, la misma inteligencia americana que después armara a Sadam Hussein para contrarrestar a Irán. La misma inteligencia que hoy respalda a los grupos kurdos y chiítas como parte de su campaña de amedrentamiento contra Irak.

Me pregunto ¿Serán los kurdos y los chiítas los terroristas del mañana?, ¿Habrán comisiones de la verdad y juicios politicos el día de mañana para condenar los "excesos" del hoy y resarcir en algo el daño causado en el pasado?, ¿Podremos algún día acabar con todo esto?, ¿Caeremos finalmente en la cuenta que incluso la Luna que está todas las noches sobre nuestras cabezas tiene un lado oscuro, un lado que jamás se deja ver por nosotros?, aunque pensándolo bien, si en algo me tengo que rectificar, es que no hay un lado oscuro de la Luna, toda ella es oscura.


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