La Calle de la Mujer Herrada

Este suceso formidable y espantoso paso por los años 1670 a 1680, según las investigaciones de Don Francisco Sedano, en la calle al Puerta Falsa de Santo Domingo (ahora Perú), en México, en el número 3.

Vivía un clérigo acompañado de una mujer. No muy lejos tenía su casa el herrador, amigo del clérigo amancebado; los cuales eran compadres. El herrador le daba consejos al clérigo de que abandonar la senda torcida, estériles por demás sordo a toda enmienda.

Cierta noche en que el herrador estaba dormido, oyó llamar a su puerta del taller con fuertes golpes, que lo hicieron levantarse apresuradamente. Salió a ver quién era, pero con temor, por lo avanzado de la noche y se halló con que eran dos negros que conducían una mula y un recado de su compadre, suplicándole le herrase inmediatamente la bestia, pues temprano tenía que ir al Santuario de la Virgen de Guadalupe.

Reconoció la cabalgadura que era de su compadre, y aunque de mala gana, aprestó los chismes del oficio y clavó cuatro sendas herraduras en la cuatro patas del animal. Terminada la tarea, los negros se llevaron la mula, pero dándole crueles y repetidos golpes; tanta fue la crueldad que el herrador les reprendió con enojo su poco caritativo proceder.

Temprano en la mañana, se presentó el herrador en casa del clérigo para informarse del por qué tenía que salir y halló a éste aún recogido en la cama al lado de su manceba.

-Lucidos estamos, señor compadre- le dijo-,; despertarme tan temprano para herrar a la mula y todavía tiene vuestra merced tirantes las piernas debajo de las sábanas, qué sucede con el viaje?

-Ni he mandado herrar mi mula, ni pienso hacer viaje alguno- replicó el compadre.

Claras y prontos explicaciones mediaron los dos y al fin convinieron en que alguna broma le había hecho al herrador y para celebrar la chanza, el clérigo fue a despertar a la mujer con quien vivía.

Llamo a la mujer por su nombre y ella no le respondía. Movió su cuerpo y estaba rígido. Estaba muerta.

Los dos compadres contemplaron la escena llenos de espanto; pero su asombro fue grande cuando vieron con horror, que en cada mano y en cada pie tenía las mismas herraduras con los mismos clavos, que había puesto el herrador a la mula.
Ambos se convencieron de que era la Divina Justicia y que los negros habían sido demonios salidos del infierno.

Inmediatamente avisaron al cura de la Parroquia de Santa Catarina, al Dr. Francisco A. Ortiz y al volver encontraron al R. P. Don José Vidal y a un religioso carmelita, que también habían sido llamados, mirando con atención a la difunta.
Ésta también tenía un freno en la boca y las señales de los golpes que le dieron los demonios.

Ante el acuerdo de los tres respetables testigos se resolvió hacer un hoyo en la misma casa para enterrar a la mujer y una vez ejecutada la inhumación guardaron el más profundo secreto.

Cuenta la leyenda que ese mismo día, temblando de miedo, el clérigo cambio de vida y se fue sin que nadie más supiera adonde.

"Las Calles de México"
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"Me acongoja en este adiós
el día de ayer
que no se podía detener.
Me turba el corazón en el adiós
el día de hoy
que tanto daño hace".

Las trescientas poesías T'ang

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