Bardos - Poietés
Oscar Orellana

 

Puede ser algún sueño que tuve durante la noche, o tal vez tan sólo la cerveza que bebí antes de acostarme. Quizás sea un recuerdo indeseado, de esos que parecen hechos sólo por la impertinencia y a la medida de uno, como los ternos de los sastres. Pudo ser cualquier cosa. No lo sé. Pero el caso es que al levantarme encontré un ambiente de tristeza en mi dormitorio. No era yo. O mejor dicho, no era sólo yo. El televisor mostraba unas imágenes distintas de las que dejé antes de dormir. La película era otra. El día era otro.

Pero la tristeza parecía la misma. Había sobrevivido al paso de las horas con la solemnidad de mis más firmes sentimientos. Y yo, que la he conocido menos seria y acompañando a casi todos mis paseos infantiles, sé que no me engaña. Ahora se disfraza de una película, mañana lo hará de un disco, de un libro o de un exótico pez de acuario.

Y aunque todo parece una historia conocida, anoche hubo una pequeña diferencia. Sí, ya sé que cada vez es distinto, pero aun así, en mi sueño la vi adquirir una forma totalmente distinta, una que no le conocía pero que siempre estuvo ahí. Porque desesperado por descifrar sus sutilezas, no se me ocurrió devolverle la mirada a ese rostro que me miró siempre de frente.

La tristeza tuvo forma de mujer. Y entonces lloré de verdad.

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