Bardos - Poietés
Daniel A. De Leo

 

 

Ausencia

Recuerdo la primera vez en que me visitó aquella mano misteriosa. Fue a fines del invierno. Yo me había recluido para llorar en la oscuridad, y mientras me secaba las lágrimas con la manga del pulóver, la mano cálida y extraña se posó sobre mi hombro. Dejé de llorar y me quedé inmóvil, incapaz de darme vuelta y descubrir al dueño de esa mano que ahora me acariciaba el pelo y que me hacía cosquillas detrás de las orejas. Junté coraje y escapé de la habitación sin mirar atrás.

La mano volvió en muchas otras ocasiones en que yo me ponía a llorar en soledad. Pero ya no me sorprendía. Se había vuelto una fiel compañera. Me visitaba en la penumbra de un balcón, en un cuartucho de hotel, en un callejón desolado. Conviene aclarar en este punto que soy un hombre grande y sé que no debería andar llorando por los rincones, pero no puedo evitarlo.

No existe un motivo preciso, lloro porque sí: el llanto es para mí un hábito miserable pero también necesario. En esos momentos, como si hubiera estado vigilándome en secreto, la mano surgía espontáneamente sobre mi hombro y se ponía a tamborilear o me rozaba la cabeza. Nunca me atreví a darme vuelta o a encender la luz. Aquello hubiera sido profanar la curiosa relación que nos unía, esa intimidad que había nacido apartada de los brillos del día y de la ciudad.

Por otra parte, yo tenía miedo de perder la gozosa incertidumbre de andar adivinando qué cara estaría acechándome tras la mano. Miedo también de descubrir que, más allá de la mano, no existía una cara sino el abismo o el aire que la movía anónimamente. Pero, de todos mis terrores, me dominaba el de llegar a odiarla o el de quererla demasiado.

Sin embargo, cuando ella aparecía, yo me mostraba indiferente. Le daba la espalda sin manifestarle interés ni rechazo. Jugaba al juego de hacerme el importante. Hasta que la mano nunca más volvió.

Dejó de visitarme al llegar el otoño. En un principio creí (quise creer) que se vio obligada a emigrar por el cambio de estación. Pero fue sin duda mi cruel indiferencia lo que la hizo desistir. Si yo hubiera demostrado los estímulos que me producían sus caricias... Pero ya es tarde. Hoy me sobran motivos para llorar. Ahora conozco la certeza de mis lágrimas.

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